Las mujeres siempre han abortado, solo cambia el método

El aborto inducido es tan antiguo como la humanidad.

Aborto
10/2/2023
Laura Camila Gutiérrez Acuña

El aborto inducido es tan antiguo como la humanidad. No es un invento de las feministas y el deseo de libertad reproductiva tampoco es una demanda moderna. Aquí te contamos cómo ha sido su historia y de dónde salió la idea de criminalizarlo.

El código Hammurabi (1795-1750 a.C.) y las leyes Asirias (1114-1076 a.C.) fueron los primeros sistemas normativos. En ellos está el primer registro de condena a un aborto provocado por golpes del esposo “Si un hombre golpea a la hija de un hombre y le causa un aborto, pagará diez siclos de plata por su aborto” y una interrupción voluntaria del embarazo: “Si una mujer pierde el fruto de sus entrañas por iniciativa propia, se lo prueban y constatan su culpabilidad, que la empalen y no la entierren. "Si muere al perder el fruto de sus entrañas, que la empalen y no la entierren”.

A pesar de la restricción, las mujeres desde tiempos remotos encontraron maneras de abortar. De la misma manera en que las parteras y sabias antiguas posibilitaban los nacimientos, también eran capaces de detenerlos. Una de las plantas más antiguas que se conoce con efectos abortivos es el poleo. Una hierba de la especie de la menta que genera contracciones en el útero, ya que sus principios activos estimulan el flujo sanguíneo hacía la pelvis. Por su efecto, incluso hoy en día los médicos prohíben tomar infusiones con esta planta durante el embarazo.

El primer registro histórico de esta planta y su función abortiva se dio en Grecia. La medicina hipocrática llamó a esta planta “la hierba de la natalidad” y era ampliamente comercializada. En Grecia y posteriormente Roma el aborto no despertaba ningún juicio moral por una premisa básica: el feto no tenía alma, por lo que no era sujeto de discusión. En “La Répública”, Platón expuso que incluso el aborto era necesario en caso de incesto o cuando los padres eran personas mayores. Su sucesor, Aristóteles defendía el aborto como un método efectivo para controlar la familia. Aunque hay que decir que las razones de este apoyo eran meramente eugenésicas y nunca por el bienestar o agencia de las mujeres -ya que ni siquiera eran sujetas activas de la polis-.

Otra de las primeras plantas abortivas registradas fue el silfio o laserpicio, una especie que se extinguió en menos de un siglo por sus múltiples usos, entre ellos, sus capacidad abortivas. Crecía en Sirena, actualmente Libia, y fue tan importante que los romanos hicieron reservas de ella y cercaron sus plantaciones. Actualmente la conocen como “la primera pastilla del día después”, ya que Soranus de Hefesto, un médico griego, recetaba su consumo mensual para evitar embarazos y una dosis más alta si ya se presumía estarlo.

Los brebajes hechos de emenagogos o hierbas para provocar la menstruación como el poleo, el silfio, la ruda, la artemisa y la sabina fueron los primeros métodos abortivos que se usaron hasta la intervención de la medicina a mediados del siglo XVII. Este recurso estaba atravesado por la colectividad de las mujeres y sus saberes. Sin embargo, las muertes, complicaciones y mujeres que quedaron infértiles en este proceso fueron muchas.

Con la llegada de la modernidad, el método científico y la evolución de la medicina, aquellas prácticas que se alejaban de lo comprobable por una élite académica y de clase fueron perseguidas y rechazadas. Todo el conocimiento sobre anticonceptivos no solo fue estropeado y olvidado, sino abiertamente coartado por los nuevos valores.

La persecución de brujas y el inicio de la guerra campal de la iglesia católica sobre el control de nuestros cuerpos no fueron hechos aislados. Fue hasta el siglo XIII cuando el teólogo más importante y misógino de la iglesia católica durante la Edad Media, Tomás de Aquino, el mismo que dijo que las mujeres somos defectuosas y mal nacidas, que la iglesia empezó a tomar medidas severas para perseguir a las mujeres que abortaban. Al exponer que todo acto conyugal debe tener como único propósito la procreación, exacerbó el control sobre las maneras en que las mujeres interrumpían su embarazo.

Como la comprobación de un aborto inducido no era fácil en esa época, se tomaron nuevas medidas: la iglesia exigió la inclusión de médicos hombres en los espacios de parto y empezó así a alejar y controlar a las mujeres que parían y a las parteras.

Silvia Federici, en “El Calibán y la bruja”, describe que este cambio en las dinámicas de partos marcó una inflexión histórica: en caso de emergencia se priorizaría la vida del feto por sobre la vida de la madre. Esto fue determinante porque antes era inconcebible. Había un acuerdo universal sobre la pertenencia del feto al cuerpo de mujer y consigo de la priorización de la salud de ella por encima de éste.

En esta misma época de persecución a saberes ancestrales, rituales y prácticas que categorizaron como brujería, un nuevo elemento abortivo tomó protagonismo: el hongo cornezuelo del centeno. Los alcaloides del cornezuelo incrementan la actividad motora del útero. En ese entonces, las comadronas lo usaban para inducir abortos y atender embarazos tempranos. Más adelante en el siglo XVIII la obstetricia lo usaría también para facilitar partos por sus propiedades tóxicas. Se dice que las parteras molían el ergot y lo convertían en un polvo gris. Usado prontamente ayudaba a provocar la interrupción del embarazo y cuando se estaba cerca dar a luz ayudaba a provocar las contracciones necesarias para parir.

Pero como con los emenagogos, el costo de abortar con cornezuelo era perder la visión, alucinar o morir, pues finalmente era un veneno que las mujeres estaban dispuestas a tomar con todos los riesgos que conllevaba.

El hito final de este reencuentro sobre las maneras en que las mujeres interrumpimos nuestro embarazo llega con el descubrimiento accidental de las pastillas abortivas en Brasil, una innovación médica que hasta nuestros días ha salvado miles de vidas y facilitado el acceso a nuestro derecho.

A mediados de los 80, las mujeres negras y empobrecidas de Brasil descubrieron a través de los efectos secundarios de un medicamento para úlceras gastroduodenales la manera más segura y efectiva de abortar desde casa. El Cytotec o Misoprostol llegó a Brasil en 1986 y al descubrir que el efecto secundario de este medicamento era un aborto inducido, su funcionamiento se difundío rapidamente de voz a voz.

Las muertes y complicaciones por abortos clandestinos en Brasil eran tan altas que los medicos antes de los 90 autorizaron el uso de este medicamento entre las mujeres pobres y de clase media. Los médicos, a pesar de conocer la ilegalidad de su receta, le apostaron a la practicidad: era entre tratar complicaciones con infecciones que llegaban a provocar esterilidad o la muerte, o a advertir sobre un sangrado abundante mucho más controlable.

Diez años más tarde se inventaría la Mifepristona o RU-486, medicamento que sí fue creado para unicamente provocar abortos, pero el cuál aún hoy es mucho más restringido. Su combinación aumenta el porcentaje de efectividad de los abortos. La mifepristona actúa bloqueando la progesterona, hormona que permite el embarazo, mientras que el misoprostol ayuda a la dilatación del útero.

En un escenario idóneo donde el aborto no es prohibido y el Estado garantiza su acceso pleno a todas las mujeres, la combinación de estás dos pastillas aumenta la efectividad del aborto inducido. Lo cierto es que en América Latina solo ocho países tienen aborto libre. El impacto y herencia del descubrimiento y difusión del misoprostol como medicamento abortivo por parte de las brasileñas traspasó fronteras y posicionó este medicamento como el método más efectivo en países donde es legal y donde no.

El Misoprostol y la Mifepristona se pueden usar hasta la semana 12 de embarazo, es un método seguro, accesible y que se puede hacer desde casa esquivando la revictimización y violencia que ejercen las instituciones sobre todo en los países dónde aún es ilegal. Las pastillas abortivas son la herencia actual de todo este recuento histórico donde las mujeres encontraron maneras de elegir ser madres a pesar de un sistema que siempre ha fiscalizado nuestro cuerpo. Actualmente las consecuencias de la incesante búsqueda de maneras de interrumpir un embarazo tiene menos consecuencias y muertes que las que atravesaron las mujeres antes, pero la inventiva y colectivización alrededor de esta esta necesidad es transversal.

Luchamos por un futuro donde la perspicacia femenina para decidir sobre nuestro cuerpo sea solo una historia del pasado, para que los métodos abortivos eficientes y seguros sean universales, para que esta decisión no le cuesta la vida a más de 47.000 mujeres anualmente y para que los emenagogos no vuelvan a ser nunca una elección ante el desespero de un embarazo no deseado.

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